Etiqueta: Tolerancia a la frustración

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El TDAH y los trastornos de conducta

Los trastornos de conducta o del comportamiento perturbador son aquellos en los que el niño o adolescente se muestra hostil, agresivo o desobediente llegando a veces a manifestar conductas distorsionadas, destructivas o antisociales. Estos síntomas y conductas aparecen en la interacción con las figuras de apego y también en el resto de ámbitos donde se mueve el menor: familia extensa o escuela.

Sin llegar a manifestar un “trastorno” es frecuente que muchos niños presenten síntomas de este tipo de manera aislada u ocasional: niños desobedientes, con muchas rabietas, con dificultades para tolerar la frustración.

En muchas ocasiones, los profesionales sanitarios no contemplan esta posibilidad a la hora de valorar a un niño con un posible TDAH. Como bien explica la neuropsicóloga Paloma Mendez parece que existe una tendencia a un sobrediagnóstico de TDAH en niños que únicamente presentan síntomas aislados de problemas conductuales.  Hay más…

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Mindfulness o atención plena

Desde hace algún tiempo, se ha generalizado la práctica del mindfulness y se ha extendido enormemente su uso. Pero para muchos aún es una técnica desconocida.

Aquí hablaremos de:

  • ¿Qué es el mindfulness?
  • ¿Se puede enseñar mindfulness a niños y adolescentes?
  • ¿Cuáles son los beneficios del mindfulness?

¿Qué es el mindfulness?

Mindfulness es una manera de prestar atención aquí y ahora a lo que tenemos delante. Se trata de cultivar la capacidad que tenemos para estar presentes y ampliar la conciencia testigo de lo que sucede en este momento, en todos los momentos.

Parece sencillo y, sin embargo, es algo que perdemos de vista con mucha facilidad. Sabemos que los trastornos de ansiedad y del estado de ánimo son los más frecuentes en la población general y hay psicólogos que hablan de la relación que tienen con nuestro anclaje temporal.

Hay más…

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¿Sabías que las nuevas tecnologías han disminuido la tolerancia a la frustración?

Tanto internet como los nuevos medios tecnológicos han cambiado mucho nuestro estilo de vida. Ahora somos personas con mucha más capacidad de conexión a otras, estamos pendientes casi en todo momento de lo que sucede a los demás y nos vemos obligados a manejar grandes volúmenes de información. Como cualquier otro avance, esto tiene consecuencias positivas y negativas prácticamente en la misma proporción.

Pero dentro de todo lo que han hecho cambiar nuestro mundo merece la pena pensar y reflexionar sobre las repercusiones que tienen en la mente infantil. Y las consecuencias derivadas de esto, con especial atención al entorno educativo.

Los niños de ahora se ven expuestos a gran cantidad de estímulos (auditivos, táctiles y visuales) desde edades muy tempranas. A los padres apenas nos ha dado tiempo a asimilar el gran cambio que han supuesto la irrupción permanente de pantallas cuando nuestros hijos están ahora constantemente viendo televisión jugando con el ordenador, la consola o el móvil. Hay más…

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¿Sabías que la paciencia se enseña?

Cuando nos convertimos en padres, las rabietas se convierten en uno de nuestros mayores temores. ¿Es de verdad una etapa por la que obligatoriamente tienen que pasar todos los niños? ¿No existe niño sin rabietas?

No se puede afirmar nada rotundamente pero lo cierto es que las rabietas parecen ser un común donominador en niños de determinada edad. Surgen en torno a los dos o tres años. De hecho, se habla de esta etapa como de una primera adolescencia. El bebé deja de serlo para convertirse en niño. Siente que es un ser independiente de sus padres cuando aprende a decir que NO y para conseguir hacer lo que quiere, lo que tiene más a mano es enrabietarse. Hay más…

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¿Sabías que saber esperar es predictor de éxito académico y personal?

En los años 60 un psicólogo austríaco afincado en Estados Unidos, Walter Mischel, desarrolló el llamado Marshmallow Test (o test del bombóm) donde se estudiaba con niños de 4 años la relación ente su capacidad de espera y su posterior rendimiento a nivel académico. Es decir, la capacidad de los niños de retrasar algo placentero a fin de obtener un mayor beneficio. Se dejaba a los niños solos en una habitación con una golosina delante durante nada menos que ¡20 minutos! Antes de abandonar la sala el adulto les advierte de que si son capaces de esperar a que ellos vuelvan sin comer la golosina, en lugar de una, podrán comer dos golosinas.

Haciendo un seguimiento de estos niños en años posteriores, Mischel descubrió que los niños que eran capaces de esperar y que desarrollaban estrategias que les permitían aguantar la espera, posteriormente, en su adolescencia, tenían un mayor éxito académico  así como personal.

Aquellos niños que conseguían controlar sus impulsos a la edad de 4 años, tenían una mayor capacidad de concentración y de resiliencia ante el estrés en la adolescencia.

Esto es lo que año tras año, muchos padres se empeñan en que su hijo entienda durante el curso: que es mejor estudiar para los exámenes día a día que luego tener que pasarse los fines de semana encerrado preparándolos; o, más a largo plazo aún: que es mejor estudiar durante el curso y poder tener vacaciones totalmente libres que pasarlas preparando exámenes.

¿Y cómo consiguen los niños resistir la tentación?

Lo que Walter Mischel descubrió es que los niños que eran capaces de aguantar la espera desarrollaban estrategias que convertían la espera en más placentera: jugaban con sus manos y sus pies, cantaban canciones, se hablaban a sí mismos. Mientras que los que no resistían, focalizaban su atención constantemente en la golosina y eso hace mucho más difícil olvidar las ganas de comérsela.

 ¿Cómo se pueden educar estrategias para mejorar la espera?

Lo curioso de todo esto es que en general cada niño desarrolla sus propias estrategias de afrontamiento sin que nadie se las enseñe siempre y cuando se le dé la oportunidad. O sea, que hay que exponer a los niños a situaciones en las que tengan que esperar para obtener lo que quieren. Previo a los cuatro años, es muy difícil conseguir que afronten esta espera, pero sí es verdad que pueden superar esperas más cortas. A partir de los 4 años, lo interesante es exponerles a situaciones en las que tengan que esperar: para comer un dulce, para que mamá o papá les coja, para tener el juguete que quieren, etc. Una vez pasada la primera infancia, a partir de los 8 o 9 años si no han desarrollado esta capacidad, tal vez sea el momento de trabajar sobre ella de manera explícita. Podemos enseñar a los niños qué cosas nos ayudan a nosotros cuando tenemos que esperar, servirles de modelo y poco a poco ellos irán desarrollando sus métodos.

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